FRAGMENTO

Habían pasado tantos años desde mi última cita que ya me consideraba una fundamentalista de la imposibilidad. Sentía que el fracaso era mi destino. Durante casi una década no recibí demasiadas propuestas. Al principio me victimizaba, infiriendo que siempre había tenido mala suerte en el amor. Cuando ese argumento comenzó a debilitarse por no estar edificado sobre una base racional sólida (¿quién es, en definitiva, desafortunado por siempre y debido a qué factores terrenales?), recordaba a la fuerza ciertas experiencias fallidas con algunos hombres y terminaba asumiendo que me habían dejado una huella traumática, lo cual explicaba el descenso de mi autoestima al nivel de un sótano corriente. Con cada relación, en lugar de meditar sobre las características psicológicas de los otros en combinación con las mías y repartir responsabilidades, reducía los hechos a un enunciado: si con todos me pasaba lo mismo, la culpable de no lograr sostener ninguna historia era yo. Así fue que me convencí de varias cosas, entre ellas, que no era atractiva para nadie y que no podría volver a seducir a un ser humano por el resto de mi vida. Entonces, traté con vehemencia de ajustar la realidad a mis parámetros, de prestar exclusiva atención a los hechos que justificaran el concepto que a esa altura tenía de mí misma. Y debo admitir que hasta hace poco tuve muchísimo éxito en mi lamentable misión.

Cuando Félix me escribió para que fuéramos a tomar algo una noche yo ya estaba enceguecida, incapaz de ver más allá de un sentido literal. Primero me mandó un mail diciendo que le había sorprendido que lo visitara en el negocio donde lo acababan de contratar, tras años de mutua ausencia. Al día siguiente me envió otro para proponer un encuentro y, al rato, uno más aludiendo querer saber a qué me estuve dedicando, cerveza de por medio. Incluso me dejó su número de teléfono. Acepté la salida a pesar de que nunca había tenido en claro los pretextos por los que habíamos dejado de vernos. Pensé en aprovechar la oportunidad para dilucidar esas circunstancias difusas de nuestro pasado.

Los triunfos pasajeros de Melina Dorfman

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Habían pasado tantos años desde mi última cita que ya me consideraba una fundamentalista de la imposibilidad. Sentía que el fracaso era mi destino. Durante casi una década no recibí demasiadas propuestas. Al principio me victimizaba, infiriendo que siempre había tenido mala suerte en el amor. Cuando ese argumento comenzó a debilitarse por no estar edificado sobre una base racional sólida (¿quién es, en definitiva, desafortunado por siempre y debido a qué factores terrenales?), recordaba a la fuerza ciertas experiencias fallidas con algunos hombres y terminaba asumiendo que me habían dejado una huella traumática, lo cual explicaba el descenso de mi autoestima al nivel de un sótano corriente. Con cada relación, en lugar de meditar sobre las características psicológicas de los otros en combinación con las mías y repartir responsabilidades, reducía los hechos a un enunciado: si con todos me pasaba lo mismo, la culpable de no lograr sostener ninguna historia era yo. Así fue que me convencí de varias cosas, entre ellas, que no era atractiva para nadie y que no podría volver a seducir a un ser humano por el resto de mi vida. Entonces, traté con vehemencia de ajustar la realidad a mis parámetros, de prestar exclusiva atención a los hechos que justificaran el concepto que a esa altura tenía de mí misma. Y debo admitir que hasta hace poco tuve muchísimo éxito en mi lamentable misión.

Cuando Félix me escribió para que fuéramos a tomar algo una noche yo ya estaba enceguecida, incapaz de ver más allá de un sentido literal. Primero me mandó un mail diciendo que le había sorprendido que lo visitara en el negocio donde lo acababan de contratar, tras años de mutua ausencia. Al día siguiente me envió otro para proponer un encuentro y, al rato, uno más aludiendo querer saber a qué me estuve dedicando, cerveza de por medio. Incluso me dejó su número de teléfono. Acepté la salida a pesar de que nunca había tenido en claro los pretextos por los que habíamos dejado de vernos. Pensé en aprovechar la oportunidad para dilucidar esas circunstancias difusas de nuestro pasado.